El Rincón del Nómada

El Rincón del Nómada
La libre soledad del ermitaño es el terreno más fértil para que germine y florezca la creatividad. (Foto propia, 2014. Isleta del Moro, Almería)

lunes, 9 de abril de 2018

En memoria de José Luis Sampedro

José Luis Sampedro

Ayer se han cumplido cinco años desde que te fuiste dejándonos a la sombra de los días con el mejor de los legados, tu obra y tu ejemplo.

Querido, respetado, y, sobre todo, admirado Sr. Sampedro, ahora eterno vivo desencarnado que dibujas en mi rostro una sonrisa etrusca mientras recuerdo cuando me convertiste en amante lesbiano de una vieja sirena.

Hoy navegas para siempre, dejándonos a la cálida sombra de un drago, en cuya senda grabaste el testimonio inequívoco de que ciencias, letras y humanidades sólo alcanzan la perfección cuando se hermanan lúcida e inseparablemente.

Casi centenario, mientras la tierra gira y fluyendo con el río que nos lleva, has llegado a tu real sitio, en la cima del Monte Sinaí, con el mar al fondo y sin esperar a octubre, octubre...

Hoy, querido e irrepetible maestro José Luis, despido tu cuerpo para conservar tu honesta alma encuadernada y lo hago con tu Credo personal, convertido en oración que comparto y compartiré, en esta sala de espera, como himno vital, hasta que te pida que me cuentes tus bellas historias entre las nubes.

«Creo en la Vida Madre todopoderosa
Creadora de los cielos y de la Tierra.
Creo en el Hombre, su avanzado Hijo
concebido en ardiente evolución,
progresando a pesar de los Pilatos
e inventores de dogmas represores
para oprimir la Vida y sepultarla.
Pero la Vida siempre resucita
y el Hombre sigue en marcha
hacia el mañana.
Creo en los horizontes del espíritu
que es la energía cósmica del mundo.
Creo en la Humanidad siempre ascendente.
Creo en la vida perdurable.
Amén. J.L.S.»

Hasta siempre. Un agradecido abrazo.

FRM [08/04/2013]

domingo, 8 de abril de 2018

Mujeres de otoño

En los últimos días he pasado ocho ratos deliciosos en la grata compañía de otras tantas y diferentes mujeres otoñales muy interesantes y atractivas. Una auténtica orgía de emociones que debo y agradezco a otra encantadora y sensible mujer que ha oficiado de "Celestina" en esos fugaces pero intensos momentos; mi querida amiga la escritora Isabel Martínez Barquero.

Son ya varios los libros que he leído procedentes de la fertilidad de su pluma, boli o teclado, que tanto da el instrumento que sirve a su creativo talento. Y lo único que se repite en todos es su aguda mirada al corazón humano, su cuidada prosa y rico léxico, y el amor que rezuman las interesantes y amenas historias que nacen en su imaginación para estimular la de sus lectores.

Tal y como sucede en los ocho relatos que componen el capricho de su libro "Mujeres de otoño". Ocho retales de vidas femeninas en esa etapa que se ha dado en llamar de madurez, y que puede ser tan variada y diversa como los árboles cuyas hojas alfombran la estación que precede al invierno. Hojas de diferentes colores, tamaños y formas como lo son las mujeres que pueblan las que encuaderna este libro breve que se hace más corto en su cautivadora lectura.

En "Mujeres de otoño", Isabel Martínez Barquero disecciona con ternura, agudeza y buena letra, ocho cuentos que muestran el trasfondo de ocho mujeres dueñas de sí mismas, para permitirnos compartir su evolución en las miradas, los comportamientos cotidianos, el amor y el sexo, los paisajes urbanos misteriosamente cambiantes, el proceso de envejecimiento y decrepitud irremediable y, en definitiva, las emociones sentidas en las últimas casillas del tablero del juego de vivir.

Una delicia en píldoras que se lee fácil y se piensa con complejidad. Otro motivo de gratitud a esta maga de las letras que es la "murcianica" Isabel Martínez Barquero.

Y, como prueba de sinceridad que avale las palabras precedentes, que nadie debe atribuir al afecto y admiración que siento hacia la autora, debo dejar constancia de lo único que no me ha gustado. Se trata del diseño de la portada de este breviario, casi obligado catecismo por su formato. Sinceramente, creo que no le hace justicia a la seriedad y calidad del contenido, con el mayor respeto a su autora y a quienes puedan pensar lo contrario.

Sea como sea, lo que importa es lo que se cuenta... Y eso es más que recomendable.

Para quien desee conocer mejor a esta genial escritora, sugiero una visita a su blog "EL COBIJO DE UNA DESALMADA" que no tiene desperdicio.

Gracias, Isabel.

FRM [08/04/2018]

Libro comentado

sábado, 7 de abril de 2018

La consagración de la primavera

"La danza" de Francisco R: Mayoral. Copia facsímil al óleo, 2003

Siendo muy niño, vi por primera vez la, para mí, genial película "Fantasía" de Walt Disney. Fue desde entonces que comencé a sentirme cautivado por la música clásica que la pantalla me había envuelto en maravillosas y mágicas imágenes animadas. Vi aquella película más de catorce veces consecutivas, lo que pude permitirme por tener una hermana mayor trabajando como acomodadora del entonces cine Panorama, en la calle Cedaceros de Madrid, del que ignoro su estado actual, aunque me parece que ha desaparecido tras ser reconvertido antes en teatro.

"El aprendiz de brujo"
La fiesta de imágenes y sonidos me embriagó por completo. Me subyugó, provocando toda clase de intensas emociones a mi virginal sensibilidad infantil; desde las más tiernas a las más terroríficas, pasando por la divertida, aunque estresante, secuencia de Mickey como "Aprendiz de brujo".

Ahora, desde el recuerdo más entrañable, tendría grandes dificultades para escoger, de entre todas las piezas sinfónicas de la banda sonora, a una de ellas como favorita. He vuelto a ver la película muchas más veces, en vídeo y DVD, con mis hijas y a solas y escuchado todas en varios medios, una y otra vez, sin poder evitar que, de vez en cuando, me vengan a la memoria las imágenes de aquel largometraje iniciático.

Sin embargo, muchos años más tarde, hay un sólo caso en el que la espontánea simbiosis con los dibujos de Disney, se ha visto sustituida en mi mente por otra obra de arte vinculada a "La danza de los jóvenes" de "La Consagración de la Primavera" del compositor ruso Igor Stravinski.


Porque si de pequeño me impactó la música de la historia del desarrollo de la vida en nuestro planeta, descrita y narrada por los expresivos dibujos de "Fantasía"... ¡aquellos dinosaurios! fue, ya de adulto, que me impresionó mucho más, descubrir que el objetivo de Stravinski al componer su obra para ballet fue, según sus propias palabras, "expresar la vida primitiva"; en mi opinión, sacralizada en la danza primaveral de un olvidado rito pagano de fertilidad. Su estreno en el Teatre des Champs Elysées de París por los Ballets Rusos de Diaghilev continúa resonando en la Historia por el escándalo que se levantó en el patio de butacas entre abucheos y aplausos. Entonces, la mayoría de los espectadores se sintieron agredidos por la música y la danza allí expuesta... Otros, con mentalidad más abierta, supieron que se iniciaba una nueva era en el Arte Moderno y así fue.

Henri Matisse, 1909-1910
Y, más tarde, se produjo en mí una nueva asociación plástica, al contemplar, en uno de mis muchos libros de pintura, a los bailarines inmortalizados en la pintura "fauvista" de Henri Matisse "La Danza".

El cuadro original, pintado por Matisse entre 1909 y 1910, está expuesto en el Museo del Hermitage de San Petersburgo y muestra una fiera utilización de los colores y el delineado de las figuras de los danzantes que transmiten una intensa sensación de movimiento y ritmo.

Es, sin duda, una obra maestra del fauvismo que no pude resistirme a pintar en 2003.

FRM [07/04/2018]

jueves, 5 de abril de 2018

El desierto de la rutina

Hace unos días, mantuve una larga e interesante conversación con un buen amigo íntimo sobre ciertas cuestiones que nos conciernen a ambos, así como a terceras personas muy cercanas. Después, cuando la inmediatez de las palabras concretas cedió paso a una reflexión más amplia y enriquecida con otras referencias, no pude evitar que algunos matices de la tertulia me evocasen ciertos recuerdos de Carl G. Jung, recogidos en su recomendable libro "Recuerdos, sueños, pensamientos".

Por lo que creo que tiene de interesante para todos, como quiera que cada uno lo desee interpretar y aplicarlo, cómo y a quién considere oportuno, extraigo la enseñanza contenida en un párrafo del libro citado de la edición de Aniela Jaffé que he estado releyendo no hace mucho (Biblioteca Breve - Seix Barral, Barcelona, 1996). Cito textualmente:

«Con el trabajo en el Burghölzli (*), se inició mi vida en una realidad unívoca, hecha sólo de propósitos, consciencias, deber y responsabilidad. Era la entrada en el convento del mundo y el someterse al voto de creer sólo en lo probable, en el promedio, en lo banal y lo pobre de sentido, renunciar a todo lo extraño y significativo, y reducir todo lo desacostumbrado a lo habitual. Sólo había superficies que nada ocultaban, sólo comienzos sin continuidad, contingencias sin causalidad, conocimientos que se circunscribían a círculos cada vez más estrechos, definiciones que pretendían ser problemas, horizontes de agobiante estrechez y el inmenso desierto de la rutina.»

Salud y reflexión para seguir aprendiendo a caminar.

FRM [05/04/2018]

(*) Burghölzli era el manicomio de Zurich en el que, el 10 de diciembre de 1900, C. G. Jung ocupó puesto de ayudante para especializarse en psiquiatría, al término de sus estudios de medicina.


Carl Gustav Jung (Imagen de archivo)

miércoles, 4 de abril de 2018

Éxito literario

Los dioses del Olimpo librero.

En la actualidad, el éxito comercial de un escritor de novelas y su ascenso a la máxima categoría del Olimpo de los más vendidos ("best sellers", en lenguaje cotidiano) se refleja y hace evidente en el hecho de que su editorial diseña las portadas destacando su nombre en mayor tamaño de letra que el título de cada nueva obra.

Si yo fuese escritor, exigiría que en las portadas de mis obras se aplicase el mismo criterio, aunque no me conozca nadie. Pero... si cuela, cuela.

FRM [04/04/2018]

Nada es fácil

Mirada metafórica. "Duele comprobar que muchos no saben podar sin astillar".

Nada que realmente vale la pena en la vida es fácil. Por eso, con frecuencia, aceptamos o nos creamos una vida que no nos gusta tanto como desearíamos, pero es lo más cómodo. Es el triunfo del miedo a alterar la inercia íntimamente empobrecedora de la "zona de confort". Y se envuelve para regalo en los argumentos de la "razón" que ocultan y asfixian la emoción de ser y sentir para no perturbar el tener, aunque se sacrifique buena parte del ser, inmolado en el altar de un "deber" impuesto e irremediable.

Nada es fácil. Muchos lo sabemos por la experiencia de una larga navegación en los procelosos mares de la vida, en los que se alternan furiosas tempestades con la más átona "calma chicha". Lo sabemos todos los que nunca hemos dado la espalda ni huido ante las nuevas sorpresas que pueden encontrarse al doblar la esquina de un pliegue de la existencia. Todos los que no rechazamos probar cualquier nuevo plato antes de rechazarlo. Todos los que sabemos que, para seguir viviendo y creciendo, son necesarias las podas periódicas, a pesar de que duele comprobar que muchos no saben podar sin astillar...

Rudyard Kipling lo sabía muy bien y lo tuvo muy presente en la famosa y conocida "Carta de un padre a su hijo" ("If...") que desgrana en sabios versos los consejos que deben ser seguidos para alcanzar las mejores y más satisfactorias metas en la vida. Los recuerdo nítidamente, aunque era yo muy pequeño, cuando mis cultivadas tías —a las que ya he citado en otras ocasiones— me leían, una y otra vez, esas pautas de conducta que he pretendido convertir en mi modelo permanente en años posteriores.

Hoy vuelvo al mismo pensador para hacer mío otro de sus ejemplares poemas, con el que no puedo evitar sentirme especial y esencialmente identificado, como consecuencia de mi nómada peregrinaje que rechaza y se aleja desde hace muchos años de toda estéril "zona de confort":

«Elegí la vida»

No quise dormir sin sueños:
y elegí la ilusión que me despierta,
el horizonte que me espera,
el proyecto que me llena,
y no la vida vacía de quien no busca nada,
de quien no desea nada más que sobrevivir cada día.

No quise vivir en la angustia:
y elegí la paz y la esperanza,
la luz,
el llanto que desahoga, que libera,
y no el que inspira lástima en vez de soluciones,
la queja que denuncia, la que se grita,
y no la que se murmura y no cambia nada.

No quise vivir cansado:
Y elegí el descanso del amigo y del abrazo,
el camino sin prisas, compartido,
y no parar nunca, no dormir nunca.
Elegí avanzar despacio, durante más tiempo,
y llegar más lejos,
habiendo disfrutado del paisaje.

No quise huir:
y elegí mirar de frente,
levantar la cabeza,
y enfrentarme a los miedos y fantasmas
porque no por darme la vuelta volarían.

No pude olvidar mis fallos:
pero elegí perdonarme, quererme,
llevar con dignidad mis miserias
y descubrir mis dones;
y no vivir lamentándome
por aquello que no pude cambiar,
que me entristece, que me duele,
por el daño que hice y el que me hicieron.

Elegí aceptar el pasado.
No quise vivir solo:
y elegí la alegría de descubrir a otro,
de dar, de compartir,
y no el resentimiento sucio que encadena.

Elegí el amor.
Y hubo mil cosas que no elegí,
que me llegaron de pronto
y me transformaron la vida.
Cosas buenas y malas que no buscaba,
caminos por los que me perdí,
personas que vinieron y se fueron,
una vida que no esperaba.

Y elegí, al menos, cómo vivirla.
Elegí los sueños para decorarla,
la esperanza para sostenerla,
la valentía para afrontarla.

No quise vivir muriendo:
y elegí la vida.
Así podré sonreír cuando llegue la muerte,
aunque no la elija…
porque moriré viviendo.

(Rudyard Kipling)

Y fui llamado persistente, porque moriré viviendo... en gerundio permanente.

FRM [04/04/2018]

martes, 3 de abril de 2018

Punto de no retorno

Mirada metafórica. "No dejes de mover las alas cuando estés volando"

Solemos definir como "kafkiano" a todo aquello que tiene el carácter trágicamente absurdo de las situaciones descritas por este escritor en sus obras. Pero no siempre son "kafkianos" los pensamientos de Kafka...

«A partir de cierto punto no hay manera de volver atrás. Y ese es el punto al que hay que llegar.» (Franz Kafka)

Sabido es que el "punto de no retorno" es un concepto vital en aviación, bien conocido por los especialistas en relación con el proceso de despegue.

Así es, tal y como se produce en el comienzo del vuelo en toda circunstancia relevante de la existencia. Algo que se percibe nítidamente cuando se ha practicado la investigación periodística y al desplegar las alas de la íntima evolución personal.

Otro tanto sucede en el renovado vuelo del Ave Fénix del amor apasionado y ardiente que renace de sus propias cenizas.

Porque, como dijo el poeta, «...al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.»

Es muy arriesgado, contraproducente y desaconsejable deshacer el camino andado, cuando empezó con buena fortuna. Porque si dejamos de mover las alas cuando se ha empezado a volar aprovechando el viento, lo más probable es que nos estrellemos contra el suelo.

FRM [03/04/2018]

Tertulias en el Gijón

Este nómada con el maestro y poeta Javier del Prado Biezma. Fotografía de Almudena Mestre, (06/02/2018).

«A finales del siglo XIX, una isla en forma de café literario y de salón de aparecidos se desprendió del mundo. Desde entonces vaga congelada en el tiempo a merced de las corrientes de la historia por los grandes paseos del Madrid imaginario, donde suele encontrársela varada y luciendo la bandera del Café Gijón, a pocos pasos del palacio de la Biblioteca Nacional. Allí espera, dispuesta a salvar del naufragio a quien llega a ella sediento de espíritu o de paladar, como si fuese un gran reloj de arena a la deriva, donde por el precio de un café el más pintado puede mirarse en el espejo de la memoria y creer, por un instante, que vivirá para siempre.» (*)

Y hasta esa isla navego, siempre que puedo, para calmar mi sed de saber y amistad que renace en su cripta todos los martes, menos las fiestas de guardar. Allí me siento —en sus dos acepciones— como un moderno Robinsón que aprende a sobrevivir sin ahogarse entre las mareas de las letras y el pensamiento, bajo la batuta del escritor Justo Sotelo que oficia de gran protagonista como sacerdote pagano en el rito semanal, remedando el aire profesoral en el que siempre se envuelve y no puede evitar respirar, ante la inmejorable compañía de sus invitados esporádicos y la de todos los entrañables asistentes habituales, de los que han surgido varios de mis mejores y más valorados amigos.

Todo un enriquecedor placer en un par de horas que desaparecen del reloj y, a veces, se prolongan informal y amigablemente con los menos apresurados.

Se disfruta mucho presente y futuro en ese ambiente cargado de pasado del Gran Café Gijón.

FRM [02/04/2018]

(*) Carlos Ruiz Zafón, "El laberinto de los espíritus".