El Rincón del Nómada

El Rincón del Nómada
La libre soledad del ermitaño es el terreno más fértil para que germine y florezca la creatividad. (Foto propia, 2014. Isleta del Moro, Almería)

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Dulce recuerdo

Febriles mis ojos y manos
recorrieron tu paisaje
entre los ecos susurrantes
traídos por el viento.
Mis dedos fueron brisa agitando tus cabellos
en el cielo de la almohada
que cobija miradas compartidas,
convocando deseos de párpados en silencio.

Y, en la espera... el dulce recuerdo.

FRM [26/11/2019]

"Volando al encuentro". Mirada metafórica. Foto propia

lunes, 11 de noviembre de 2019

El paso del tiempo

Algunos lo temen, yo lo deseo.
Empujo las horas del calendario en intento esperanzado de acelerar el paso del tiempo.
Alguno huyen, inconscientes de lo inútil del gesto.
Yo lo deseo; por eso no escapo, acudo a su encuentro.
Algunos no lo conocen; no saben que es real en un sueño.
Yo lo deseo.
Vuelvo a Cientonce, un lugar que existe, porque lo llevo dentro.
Quienes temen envejecer con el paso del tiempo, desconocen que, en unas horas, se pueden recuperar años dichosos de plena juventud.
Cientonce es un lugar que existe en las agujas de un reloj, girando al revés.
Yo lo deseo, con todo mi ser.

FRM [06/06/2019]

Foto propia. Mirada metafórica con los ojos del alma

sábado, 9 de noviembre de 2019

Culpas y responsabilidades

Conmemorando la simbólica caída de un famoso muro indeseable (todos los que dividen y separan lo son) y entre las dos luces ambiguas de una de estas tardes oscuras, frías y llorando en lluvia que invitan a arroparse en el recogimiento, me da por pensar, buscando sentir el calor de los mejores recuerdos que entibian mi memoria, mientras reflexiono para intentar comprender porqué hay que alejar los sueños para conciliar el sueño...

Y pienso que venimos a esta vida a aprender que es en ella donde se encuentran el cielo, el infierno y el limbo. Que la más ladina y demoníaca tentación es la que se esconde en el pecado de la vanidad prepotente que nos impulsa a defendernos de las insoportables críticas negativas. Críticas sentidas como agresiones, siempre equivocadas y sin fundamento, que estimulan y excitan la necesidad ofendida y egocéntrica de argumentar la autodefensa. Nada menos libre ni más disfrazado de libertad. Nada más lejos del respeto y la filantropía.

Esa autodefensa primaria e instintiva que inevitablemente se nutre de reproches, en la búsqueda de causas ajenas a uno mismo para explicar los propios e íntimos efectos o defectos. Esgrimida aceradamente en espiral recíproca y negativa que se retroalimenta. En una malévola y perversa partida de ping-pong cuyas pelotas vuelan agresivamente dañinas, de uno al otro lado de la mesa, cada vez más con más fuerza, aumentando perniciosamente con la indignación, angustia y ansiedad generadas. Sin la menor reflexión desde el respeto y la humildad.

Nada más tentador ni más fácil. Resulta diabólicamente sencillo obtener argumentos extraidos del principio de causas y efectos. Apelar a las culpas ajenas para el torpe y gratificante ejercicio de justificar las propias. Siempre "la culpa". Ese virus judeocristiano ancestral implantado en el ADN de la memoria genética colectiva de nuestra cultura.

Y eso lleva del cielo al infierno, pasando por el limbo de la inmadura inconsciencia.

Lo que no es tan fácil es reaprender. Abandonar el pernicioso hábito inculcado de buscar "culpas" ajenas, desde la soberbia intransigente, o las propias, buscando la penitencia de la autocompasión victimista.

Cierto es que a toda acción corresponde una reacción; pero no tiene porqué ser destructiva. La energía nuclear puede sembrar muerte y desolación, tanto como ser benefactora para la vida, si se usa de la forma adecuada.

Por supuesto que no es fácil cambiar hábitos culturales arraigados en la inconsciencia. No es sencillo llegar a comprender profundamente, desde la experiencia acumulada, que no existen "las culpas"... Sólo la responsabilidad.

Y la responsabilidad es patrimonio exclusivo de uno mismo. Del propio libre albedrío de cada cual. De la íntima capacidad de tomar decisiones ante cada situación. Porque, pase lo que pase y nos hagan lo que nos hagan, el responsable último de nuestras decisiones y actos somos nosotros mismos. Y no hay que buscar otros sujetos a la oración de cada experiencia y sus consecuencias.

Aceptar la propia responsabilidad en toda ocasión es un acto sanador de humilde reaprendizaje. Un acto de conciliación y amor hacia uno mismo y los demás. Implica un proceso de serenidad, de análisis introspectivo y autocomprensión, para saber perdonarse uno mismo y ser capaz de pedir sinceramente el perdón ajeno, si se ha dañado al prójimo; con humildad sin humillación, confiando en gozar del privilegio de la comprensión y la solicitada disculpa indulgente, sobrevenidas de la responsabilidad ajena, porque "tanto monta...".

Hay que romper el círculo vicioso de la autojustificación, con frecuencia, simple y victimista autocompasión, y abrir un hueco en su perímetro para, a través de él, ascender a niveles superiores de conciencia, paz y amor. Tal y como nos enseña la eterna sabiduría del símbolo Zen del "Enso".

Hay que dejar de considerar las críticas como "provocaciones" contra las que tenemos que defendernos. Eso es sólo un síntoma de debilidad en la autoestima. Hay que valorarlas en paz como opiniones respetables de las que aprender, si son constructivas ("así es, si así os parece"), o dejar que transiten hacia la indiferencia, si sólo persiguen una pretendida ofensa sin otro fin que ser insultante, valga el intencionado pleonasmo.

Por todo ello, no voy a responder a las críticas recibidas. En la paz del silencio prudente está la esperanza del único poder constructivo... Reaprender de las experiencias.

En definitiva, encadenando dos aparentes oxímoron, cambiar la objetiva subjetividad por la subjetiva objetividad.

FRM [09/11/2019]

Foto propia. Mirada metafórica. "Cuanto más elevas la mirada, mejores son las vistas del horizonte"