Y, puesto que la percepción de dichos actos de acción u omisión es inevitable. el único antídoto posible al propio alcance es reducir la dosificación del egoveneno para hacerlo tolerable, admisible y reconvertirlo en vacuna. Ya lo afirmó el sabio Paracelso: "No mata el veneno, sino la dosis".
Esta saludable práctica, en apariencia, sólo entraña el riesgo potencial de que su reiterada práctica, así como el apostolado en la persistente recomendación de lo mismo a los demás, aumente la resistencia a la empatía por el incremento de la eficacia del sistema de autoinmunización emocional. Al fin y al cabo, según el manual del antiego, todo debe solucionarse pensando primero en uno mismo y en la propia independencia absoluta, anteponiéndose a toda entrega y sin permitir que el ego cumpla su función de desear darla y recibirla. Y, por supuesto, aconsejando con insistencia que así lo hagan los demás. Tal vez sea lo adecuado...
¿O tal vez no tanto?
¿No será eso la más sutil de las trampas egoístas?
FRM [05/06/2016]
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