El Rincón del Nómada

El Rincón del Nómada
La libre soledad del ermitaño es el terreno más fértil para que germine y florezca la creatividad. (Foto propia, 2014. Isleta del Moro, Almería)

miércoles, 12 de junio de 2019

HAWA

"Hawa", la última novela de Diego Armario López

Diego Armario López es un maestro, aunque no ejerza como profesor. Es un maestro porque cada una de sus obras literarias enseña algo importante a quienes estén dispuestos a aprenderlo. Y es que nada como el ejemplo de rigor, documentación y emoción con los que es capaz de crear sus novelas que van más allá de un mero relato de ficción para disfrute de momentos de ocio.

Hawa, su última y apasionante novela es buena prueba de lo afirmado. Hawa no se lee, se vive. Se siente, se sufre, alegra, entristece, emociona en suma; provoca sentimientos, evoca sensaciones táctiles, auditivas y visuales, olores y colores, en una suerte de sinestesia literaria.

«Hawa tenía unos ojos grandes, una sonrisa sincera, dientes muy blancos y labios gruesos, y esa carta de presentación facial la convertía en alguien que le inspiraba un montón de cosas buenas. Parecía sinceramente interesada en escuchar lo que él decía, y le transmitía con esa mirada una sensación de confort que no quería que desapareciese. Su condición de solitario vocacional no estaba siendo violada porque lo que no soportaba era que alguien se metiese a fisgonear en su vida, pero esa noche Hawa se había convertido en un ser inocente que parecía haberse prendado de su voz, su palabra, su experiencia y su inteligencia. Esa era una sensación nueva para él, que no alcanzaba a recordar ningún momento similar en su vida».

El entrecomillado párrafo precedente pertenece a la citada última novela de Diego Armario, "Hawa", la cual, además de ser una buena muestra de su maestría literaria, me ha recordado alguna de las charlas privadas que hemos mantenido al amor de una buenas cervezas, hablando de sus "trucos" para elaborar los temas y tramas de sus obras y, sobre todo, de la cuidada y creíble creación (construcción) de sus sólidos y seductores personajes.

Y, la verdad, es que no hay truco alguno. Lo que Armario posee es una capacidad de observación analítica prodigiosa que le permite almacenar en la despensa de sus materias primas los diversos perfiles humanos que se cruzan en sus variadas singladuras. Memoria y técnica.

Así, cuando se pone a los fogones de su creatividad, va sobrado de materiales para cocinar esos geniales platos de ficción, sabrosos, diferentes y deliciosamente nutritivos. Diego es un verdadero "master chef" de la literatura.

No es la primera vez que tengo ocasión de valorar ese "algo" que me fascina de este autor que, si no lo estaba ya, se consagra con esta 13ª obra. Es, como he mencionado, esa capacidad asombrosa de dotar de vida propia, sólida y creíble, a todos los personajes de sus novelas. Hawa es la cuarta novela que he leído de este serio escritor y, como es habitual, no me ha decepcionado. Todo lo contrario.

Cada uno de los personajes de Hawa, son seres humanos que existen más allá de las páginas impresas. Personajes que se encarnan en el alma del lector. Con ellos, recorremos escenarios que la rigurosa documentación y capacidad descriptiva de Diego Armario nos hace descubrir, conocer y comprender. Estamos, nos sitúa, frente a un grupo humano cuyos perfiles psicológicos y comportamientos son brutalmente descritos con enorme riqueza de matices y, por ello, empapados de la más incuestionable lógica en sus comportamientos y reacciones, tanto en su grandeza como en sus miserias.

Su principal protagonista Juan López Astudillo comparte escenario con un conjunto de interesantes personajes que ponen en evidencia descarnada sus conflictos internos y complejas contradicciones que le llevan a colaborar, codo con codo y arriesgando su vida, con quienes representan lo que más odia y desprecia, y entre los que, paradójicamente, encuentra las únicas tres personas a las que llegará a valorar y apreciar sincera y hondamente.

Y, llegado a este punto, abro un paréntesis en esta crónica de un lector, profundamente apesadumbrado por la reciente noticia que he recibido mientras la escribía y que, por desgracia, no pertenece a la ficción novelesca. Ayer leía con horror al propio autor de la novela, las palabras que reproduzco a continuación, respetando la autoridad de quien conoce muy bien los tormentos a los que está sometida Mali, la tierra de Hawa:

"Ayer sonaron en mi mente gritos, disparos y el ruido de los machetazos que en el pueblo de Sobane-Kou, se llevaron por delante la vida de un centenar de hombres, mujeres y niños a manos de gente sin alma que en nombre del odio, de la droga o de un Ser en el que creen y al que utilizan como coartada para justificar sus maldades, sembraron la muerte en Mali. [...] ese (es el) ambiente de un pueblo que espera sin motivo que un día algún dios se fije en ellos y les bendiga con una lluvia leve de suerte y bondad, porque solo conocen el olor a pólvora quemada, los llantos de las madres sin hijos y los cantos funerarios de sus ancianos [...]."

Contengo el dolor para regresar al contenido de la novela comentada y subrayar que ese ambiente se percibe y masca en el texto de Diego Armario que retrata a la perfección el sabor acre y cruel de la presencia del terrorismo yihadista en una tierra dejada de la mano de cualquier dios.

Porque en la novela, el terrorismo de un grupo de Al Qaeda del Magreb islámico, es la argamasa que une las piezas de un puzzle "a priori" inverosímil, formado por un viejo comunista resentido, con los miembros del CNI y altos cargos políticos y eclesiásticos, además de otros personajes que se juegan la piel por la única retribución del amor al prójimo.

En definitiva, una sólida historia apasionante que emociona y atrapa al lector desde la primera a la última página.

FRM [12/06/2019]

martes, 11 de junio de 2019

Un ocaso y una posibilidad

Pedro Crespo Refoyo, filólogo, profesor y escritor

Para mi fraternal amigo Francisco R. Mayoral, entre OTROS

POSEEN PARA MÍ LOS OCASOS una dulcedumbre especial.

ACASO se deba a mi inclinación nocherniega de natural. El atardecer, manso como una cordera joven y virgen, es la antesala de lo oscuro y el despliegue de lo neutro luminoso. Cuando atardece, el día se entrega en cuerpo y alma a su mortaja delicuescente, almidonada, preñada de inquietudes y rumores: poblada de seres y tinieblas invisibles.

ES LA hora que más quiero. La hora en la que todo mi ser inició la partida, desde el seno materno, hacia este mundo: a finales del invierno de 1955, un atardecer, roto en nieves y fridoliento, de un miércoles 9 de marzo, en el que llegué a ver la luz, muy al borde de la media noche. En ese meridiano nocturno y noctívago. De esos atardeceres, con querencia nocturna, vengo yo. Y mi mundo es este de crepúsculos, de melancolías encendidas, muy a flor de piel; melancolías que invaden el alma y hacen nido propio en ella, entre rubores y ópalos, al amparo del cromatismo difuso y confuso.

IMAGINO, a veces, que es la hora de amar y del amor. Que en esa fusión de luz y sombra, las almas se entrezuzan y se encuentran, se fusionan, se hacen una sola; una sola sombra, una sola sombra anímica, dulce y larga: interminable, inconmensurable. La sombra de la luz que acaba y se entrega al seno de la noche oscura para ser una en ella. Esa sombra que renacerá multiplicada y limpia: con la renovación de lo resucitado y revivido. En ese ser y no ser. En ese ser para ser y dejar de ser en pura entrega, en la celebración de su autoinmolación. Sacrificio incruento de la luz y la sombra... ¿O es sangre, postrimerías cromáticas, esos regueros de luz menstrual, de arábigo atambor, ese sortilegio de fuegos encendidos con que se pinta los labios lucidos la tarde cada día: entre el naranja y el berenjena, entre el rubí y el bermellón, entre el carmesí y el almagre o el malva y el nazareno oscuro?

Y, A VECES, imagino --más bien veo, entreveo-- una pareja de la edad de los crepúsculos, con el corazón de los albores, paseando quedamente entre beso y beso. Mirándose a los ojos, entresoñando, en silencio, y comprendiéndose: lo dicho y por decir... Y volviendo a unir sus bocas como la luz entrega su alma a las palmas de la sombra del asombro asombrado. ¡Ah, tiempo de entretiempo y de penumbra entre dos luces, luz de ocaso y sombra de anhelo incierto! Oh, luz de mis dolores y de mis plenitudes.

♧ pedrocrespo, madrid, sábado 8 de junio de MMXIX

viernes, 31 de mayo de 2019

Esclavitud e impotencia

"Siempre hay un eslabón más frágil". Mirada metafórica (imagen de Internet)

Es muy entristecedor ser testigo, impotente e implicado, de una esclavitud consentida y aceptada, a pesar de ser asfixiantemente opresora.

Es muy duro observar inerme como alguien muy querido y valorado se engaña bajo el peso de las cadenas del estrés y la incomunicación que manipulan pertinaz y cruelmente, que castigan y maltratan emocional y psicológicamente. Que son tortura, añadiendo eslabones de silencios y gestos, probadamente eficaces, testados y homologados por el verdugo, con los recursos que van desde el victimismo desconfiado al menosprecio, cocidos al fuego lento de humillaciones y rencores añejos y enquistados. Un verdugo débil de nula autoestima que no es consciente de que su primera víctima es él mismo, pues antepone las apariencias a la verdad y la generosidad que le darían la paz de la que carece.

Cadenas compartidas y eslabonadas de viejos miedos vivos perpetuados, culpabilidades oxidadas, excusas justificadoras, valoraciones inventadas, estrés aceptado y mentiras necesitadas.

Autoengaños heredados y arraigados que crean un espejismo de libertad parcial y coyuntural sobre la tumba de la propia identidad. Que aherrojan ilusiones y los propios deseos, subordinados a posturas, actitudes y decisiones ajenas.

Ligaduras que inmovilizan y amarran a la "zona de confort" en la que importa más el tener que el ser. La fuerza de ese poderoso enemigo que son los apegos materiales del ego.

Sufriendo una prisión injusta que quema, lenta pero inexorablemente, el tiempo más valioso para disfrutar de lo necesario y merecido, abrasándose entre las tóxicas cenizas de lo que nunca fue ni jamás podrá ser... Aunque la víctima se quiera convencer, convenciendo, de que el verdugo y lo que representa merece ser querido y mantenido.

Y, entonces, entre contenidas lágrimas de impotencia, sobrevuela la gran pregunta nunca formulada: "¿Miedo a qué?"

Porque lo que más miedo da es no aceptar la responsabilidad de la única respuesta... Miedo a romper el pesado lastre de la inercia conocida, aunque cercene vida... toda la vida.

En definitiva: "Miedo a la libertad".

FRM [30/05/2019]

domingo, 26 de mayo de 2019

El cuaderno de los cuadernos

Foto propia. "El cuaderno de los cuadernos". Pedro Crespo Refoyo

Parece un libro
aparente novela
y es vida plena.

Comienzo este intento de reseña literaria del libro que le da título, con la impúdica transcripción de la dedicatoria personal de su autor, desproporcionadamente halagadora en su primer párrafo y por el carácter premonitorio, profético, tal vez, del segundo. De su puño, letra clara y tinta, reza así:

"Para mi amigo Francisco Rodríguez Mayoral, que nació ya iluminado por las antorchas todas de las Musas y se ha de despedir enamorado.

Nunca, hermano Francisco, recuerda, volverás a leer un libro como éste que ahora tienes entre las manos: ni tú ni él seréis los mismos... Ni siquiera los personajes."

Pedro Crespo
Madrid, miércoles 8 de mayo de 2019

Y, añadiendo honestidad al impudor, debo admitir lo pretencioso del enunciado inicial; puesto que, careciendo de la experiencia y formación para hacer una auténtica reseña literaria, mis escasas capacidades quedan pulverizadas ante el reto de describir mis vivencias y sentimientos como simple lector y, en esta ocasión, coprotagonista y personaje involuntario de una narración que se define como novela y no lo es, aun siéndolo.

En adelante, seguiré utilizando como convención la palabra "novela", a pesar de que, repito, no he sentido este libro estrictamente como tal, pues más que leerlo, lo he vivido.

¿Realidad ficcionada? ¿Ficción realizada? ¿Metaficción? No me atrevo a encasillarla, no soy capaz o no se deja. Estamos ante una obra literaria con vida propia, magistralmente construida en lo narrativo e inusual rigor gramatical, con riqueza de léxico infrecuente y una medida estructura que construye con fluidez una arquitectura compleja en su sencillez, haciéndola sencilla en su complejidad.

Novela coral, con más de una docena de personajes, entre los que acaba encontrándose el lector, bajo la tutela permanente del autor, compartiendo la conflictiva y desgarrada experiencia de un muerto muy vivo y algunos vivos casi muertos. Porque la historia narrada absorbe, abduce al lector con una suerte de mecánica cuántica que eleva un ámbito cotidiano a la categoría de multiversos pluridimensionales en lo que todo es posible, todo es interpretable.

Metáfora en la que, lo potencialmente punible, representa y simboliza el rescate y resurrección de los generosos valores subyacentes en la bondad y el amor.

Humanidad por arrobas, con todas sus luces y sombras. Tensiones humanas en las que la emoción se impone a la razón, más allá del sentido común y de la fe en la religión.

Estamos ante un obra literaria diferente, sin precedentes, en lo que a mi experiencia de lector respecta. Una delicia que subyuga sin estridencias, con la serena fluidez de una paradójica naturalidad en la osada utilización combinatoria de espacios y tiempos, tejiendo redes sorprendentes con las vidas de personajes y lectores.

Una novela culta sin pedantería, con pocas y bien traídas citas. Un alarde de animismo que otorga vida a ese cuaderno de los cuadernos que le da y justifica su merecido título.

Después de degustar este plato, que se me ha antojado escaso al terminar, me queda en el paladar el buen sabor de la redención de las miserias humanas, con la renovada esperanza de que la generosidad del auténtico amor todo lo puede, cuando se antepone al enquistado egoísmo cultural.

Gracias, fraternal amigo, maestro, escritor y poeta, Pedro Crespo Refoyo.

FRM [25/05/2019]

viernes, 24 de mayo de 2019

Retorno a Cientonce

Acuarela de Andrew Wyeth

Cientonce es un lugar que existe en un poema iluminado por luciérnagas.

Un poema que vive bajo la piel y se palpa en ella, como las golondrinas que anidan en el alma y vuelven. Golondrinas que vuelan agitadas como si les fuesen a cerrar el nido. Un nido bullicioso que alberga huevos ilusionados, esperando la feliz eclosión. En Cientonce las abejas producen miel con mantequilla y mermelada, alrededor del latido de calientes esperanzas semidormidas que agitan sonámbulas su llavero de sueños. Un lugar eterno que habita dentro y nos espera para ser abierto y habitado.

Cientonce es un lugar que existe en un poema iluminado por luciérnagas.

Cientonce se abre con mano temblorosa, cara de lelo y besos contenidos. Se abre como una caja que sube y baja, dentro de otra Caja llena de sorpresas esperadas. Un lugar donde las líneas rectas tienen la forma de tus pechos sonrientes y las miradas resbalan amarradas con nudos de hilo rojo prehistórico. Cientonce existe en un poema romántico y sonámbulo que sueña despierto y duerme soñando, mientras celebra, cada minuto, infinitos cumpleaños sin envejecer.

Cientonce es un lugar que existe en un poema iluminado por luciérnagas.

Un lugar que existe en un poema que reclama volver a ser recitado, como vasos rellenados por los unicornios voladores que recolectan ramilletes de orégano. Cientonce es un lugar iluminado por luciérnagas como cascabeles. En Cientonce, las almohadas brillan cegadas por el resplandor de rostros transfigurados y las nubes son un regalo de piel suave, feliz y enlazado entre abrazos.

Cientonce es un lugar que existe en un poema iluminado por luciérnagas.

Cientonce es un lugar que suena dulce como la lengua insaciable de un gato en un plato de leche. Que resuena como la brisa entre las ramas donde moran los trinos de mil pájaros, cantando partituras no escritas para que baile el mundo ciego y enamorado. En Cientonce amanece y oscurece a destiempo, pues es un lugar ajeno al tiempo que se diluye, resbalando a contraluz por tu cuerpo.

Cientonce es un lugar que existe en un poema iluminado por luciérnagas.

A Cientonce es imposible no retornar. Se regresa a morir de nuevo para volver a resucitar, una y otra vez. Porque los recuerdos más eternos son los más fugaces y su liviandad acentúa el deseo de revivirlos, como moscas pertinaces que se agitan, inasequibles al desaliento, sobre un azucarero abierto. Se vuelve para enterrar las penas en tumbas fértiles de abrazos sin epitafio. En la noria del conocido camino recorrido y siempre gozosamente redescubierto.

Cientonce es un lugar que no existe, pero podemos hacerlo existir porque lo llevamos dentro.

FRM [24/05/2019]

lunes, 20 de mayo de 2019

Cientonce

Obra del pintor Andrew Wyeth

Cientonce es un paraíso que existe en otra dimensión onírica.

Una dimensión que es un ramo de flores que suena como el latido de dos corazones a coro con sus ecos. Cada corazón es un niño que salta en charcos de luz de antiguas farolas. Farolas que albergan los trinos y suspiros de miles de aves revoloteando en el horizonte. En Cientonce, el horizonte lo dibujan dunas con formas femeninas y galopes de centauros.

Cientonce es un paraíso que existe en otra dimensión onírica.

Una dimensión que es un poema soñado en un remoto pasado y cuya música no ha cesado de cantar, anidando en las ramas de árboles añosos. En Cientonce, las cortinas son como alas que se agitan cual las de mariposas que cosquillean en el estómago de una esquina iluminada. Una esquina de un barrio de una ciudad que es una imagen con vasos de gintonic mezclados con orégano, sembrado por unicornios.

Cientonce es un paraíso que existe en otra dimensión onírica.

Un poema que flota, fluyendo en las aguas de un río lleno de nenúfares flotantes que salpican de lágrimas emocionadas los recuerdos, gotas dulces que brotan del arañazo de los pinchos de una maternal flor seca de cardo. En Cientonce, los suspiros gimen sobre las almohadas poniendo ritmo al regalo del silencio enamorado como si siguiesen la batuta que guía hacia el cielo donde no se distingue la vida de la muerte.

Cientonce es un paraíso que existe en otra dimensión onírica.

Un paraíso en el que los amantes no usan reloj y el tiempo se detiene entre nubes que salen de puntillas cuando su propio tiempo se cumple. Un tiempo que se encuentra como el algodón de azúcar de las ferias y se derrite y saborea, hasta que las luces anuncian el final de la jornada y el comienzo de la espera añorante, contando segundos cuya muerte se celebra mientras se escribe poesía al ritmo de los días. Recordando con impaciencia el regreso a Cientonce.

Cientonce es un paraíso que existe en otra dimensión onírica.

Una dimensión llena de agua para navegar, sorteando escollos y reposando en islas de arenas blancas como nalgas virginales que se encienden al beso del deseo. En Cientonce todo es perfecto y se intercambia, se combina y completa, como la tuerca con el tornillo que todos llevan en el alma. Todo se ensambla y perfecciona al completarse como se completan el pincel, el color y el lienzo que espera, deseando ser mancillado.

Cientonce es un paraíso que existe en otra dimensión onírica.

En Cientonce, las muertes son pequeñas y de ellas se resucita. La fugacidad no importa, porque todo renace, se repite y perfecciona. En Cientonce, existe lo inexistente, se explica lo inexplicable y se renace de la muerte. Las penas yacen en una tumba de abrazos y Cientonce vuelve a brillar para siempre... eternamente inolvidable. Cientonce es un lugar que no existe, pero sabemos hacerlo existir porque lo llevamos dentro.

FRM [20/05/2019]

domingo, 19 de mayo de 2019

Melancolía

La caída de la tarde alarga las sombras. Mirada metafórica desde mi ventana

Es muy difícil aceptar
que, recibiendo todo lo que vida da,
otra vida lo arrebate
cuando más se necesita.

Aire, agua...
calor y alegría,
sol que quema e ilumina,
sombra que acoge y alivia.

Caminando entre recuerdos,
saboreando momentos pasados,
ansiando otros por vivir,
cayendo en un hoy, vacío y hondo.

Mirando el pozo negro
desde el vértigo en el filo
de los más elevados ayeres,
más altos cada vez.

No hay mayor dolor
que sufrir la amputación
de los más amados miembros
que se siguen sintiendo.

Añoranza que araña el alma
y arranca enormes pedazos
cuando lo imprescindible
se encuentra ausente y lejano.

Melancolía que oscurece el día,
llenando de sabor acre la boca
que, de los besos fogosos,
sólo conserva cenizas.

Paciente desatino que no atisba
el camino de deseada libertad
que conduce a la puerta
del inevitable y señalado destino.

FRM [19/05/2019]

viernes, 17 de mayo de 2019

¿Quién soy?

"El yo líquido". Mirada metafórica

Estaba intentando escribir un relato en cuya trama convivo con otros personajes de ficción. Y, de pronto, uno de ellos, cobrando vida independiente, se dirige a mí y me pregunta: "¿Quién soy yo?".

Detengo la escritura sorprendido. Procuro permanecer en mi propio papel de personaje de la narración, con intención de responder en ese contexto al otro personaje. Me tomo un tiempo y, al cabo, sólo puedo responder:

«Si no sé quién soy yo... ¿cómo esperas que sepa quién eres tú?»

Y, a ti, que formas parte de mi historia, te pido que, si llegas a conocerme, no dejes de decirme quién soy...

FRM [24/08/2018]