El silencio del peregrino solitario es la mejor compañía para la ruta del aprendizaje, la observación, la reflexión y el desarrollo de la creatividad. En este rincón del nómada se irán depositando pensamientos, reflexiones, relatos, poemas, fotografías, dibujos, pinturas... y cualquier otra forma de expresión creativa de su autor que, con esta iniciativa, dejan de ser un acto íntimo y privado para convertirse en público y amistosamente compartido.
El Rincón del Nómada
La libre soledad del ermitaño es el terreno más fértil para que germine y florezca la creatividad. (Foto propia, 2014. Isleta del Moro, Almería)
Emociones...
Densidad incandescente, corazón evanescente, sangre caliente, presencia complaciente.
Perturbadora ansiedad impaciente, calor en el vientre y alma que grita silente.
Cielo cómplice que observa imponente, espejo de amor confiado y eternamente esperado... aplazado.
No hay palabras que expresen el húmedo temblor en la mirada. Grandiosa simbiosis ensamblada.
Dedos torpes sobre el teclado, incapaces de describir lo sentido... el impacto de lo llegado.
No es suficiente...
Porque sólo la mirada y el silencio de un beso pueden expresarlo.
Érase una vez, una dulce y bella niña que tenía el mismo encanto que los preciosos muebles llenos de múltiples cajoncitos que parecen tener capacidad ilimitada para contener cuanto se desea de forma ordenada.
La niña era muy feliz con sus cajoncitos. A lo largo de cada día, los meses y los años, iba colocando en los correspondientes huecos, con letra de cierto orden y música de concierto ordenado, todas y cada una de las fichitas con el detalle de sus obligaciones y devociones que debía o quería ir atendiendo adecuadamente y criterio bien entendido.
Es cierto que, en ocasiones, se le embrollaban un poco las fichas, alterando su orden o requiriendo más dedicación de la prevista inicialmente; debido a ello, su grosor aumentaba restando capacidad de atención o demoras de lo mismo a las otras. Eso agobiaba mucho a la propietaria de los cajoncitos que, al irse llenando, hacían cada más difícil y agotadora la pretensión inicial de gestionar todo con el orden y satisfacción que la apariencia sugería...
La niña, fue creciendo y creciendo, a la vez que crecían y crecían el número de fichas de sus tareas y contenidos de sus cajones... Casi sin darse cuenta, se convirtió en una espléndida mujer, pero ¡oh! el mueble de los cajones, seguía teniendo la misma cantidad de ellos y muy pronto comenzaron a abarrotarse con agobiantes fichas pendientes que se superponían, porque en ellos sólo entraban más y nuevas responsabilidades, ocupaciones y deseos, pero ninguno o casi ninguno dejaba de ocupar el espacio en el que llevaban tiempo instalados... más o menos atendidos, mejor o peor, pero cada vez con mayor esfuerzo y frustración si el tiempo no daba para todo... Y no daba.
Porque, para su desesperación, no existía más que un pequeño cajón del tiempo, conteniendo únicamente veinticuatro improrrogables horas por día y, al agotarlas en su mayoría, apenas quedaba espacio para el imprescindible descanso que reclamaba su ineludible atención y entrega, desde la acogedora penumbra del correspondiente cajoncito, tentadoramente acolchado.
Así, lenta pero inexorablemente, la lozana y hermosa mujer en que se había convertido la niña, comenzó a marchitarse, desbordada por el abarrotado contenido de sus cajones y el agotamiento demoledor que le producía lo inalcanzable de su pretensión de "llegar a todo", bajo la presión de interminables y aplastantes jornadas.
Entre lo que debía y lo que le apetecía, se sumaban dedicaciones que iban consumiéndola por el esfuerzo. Tan titánica era la agotadora suma de lo que se esforzaba por hacer, la ansiedad por lo que no alcanzaba a realizar y el cansancio que ambas cosas le producían.
Y lo peor es que, a pesar de ser consciente de ello, no llegaba a tomar la necesaria conciencia de que sólo su propia decisión y firme voluntad en la ejecución de las decisiones, podían poner remedio a la agobiante situación que había tomado el control de su vida y seguía creciendo, como un monstruoso caníbal devorador al que seguía alimentando, cada vez más debilitada, haciéndolo más grande y fuerte... con menos posibilidades de vencerlo y llegar a controlarlo. Porque lo paradójico es que se engañaba creyendo que sí lo hacía.
Con frecuencia, nuestra amiga se llevaba algún disgusto al comprobar que antiguas fichas se habían deteriorado con el transcurrir de los años, tornándose de color envejecido, lectura borrosa, olor rancio, sabor caduco a decepción y acusada deformación hasta ocupar un espacio distinto y desmesurado o molesto en el cajón en el que se conservaban... Su contenido parecía haber cambiado o ¿era ella la que estaba cambiando?
Fuese como fuese y por lo que quiera que fuese, la realidad del presente modificaba la percepción del pasado y eso aumentaba el volumen de cuanto ocupaba un espacio cada vez mayor en sus abarrotados cajones.
Y entonces sucedió algo mágico y extraordinario que hizo tambalearse todos sus patrones de conducta, abriendo una nueva y luminosa esperanza.
De forma totalmente imprevista, o tal vez no, surgió un milagroso acontecimiento... Algo inesperado que, con rapidez inusitada, comenzó a aumentar su volumen en la vida de la protagonista de esta historia, amenazando con desbordar y comprimir, aún más, el resto de los contenidos almacenados en sus ya repletos cajones convertidos paulatinamente en peligrosos antropófagos existenciales.
La primera reacción de nuestra heroína fue de intensa alarma y desconcierto ante lo inevitable que, sin embargo, le generaba una gran incertidumbre fruto del conflicto entre la placentera atracción y el temor al riesgo de empeorar la saturación del sobrepeso vital acumulado.
Parecía que la vida conspiraba para complicarle la existencia una vez más... Precisamente en una etapa en que ya estaba pensando, con justificada inquietud no exenta de desasosiego, en que debía "recortar flecos" y liberarse de muchas de las obligaciones y dependencias derivadas de sus relaciones y compromisos del pasado, complicadas por un elevado sentido de la responsabilidad hacia los demás.
Pero el milagro no había hecho más que empezar a manifestarse, porque pronto, de manera insólitamente rápida, tomó la forma del mayor de sus cajones, con capacidad ilimitada para albergar y reordenar todo el material previamente acumulado.
Así, superada la sorpresa e inquietud inicial y aceptando el regalo que la vida le aportaba, nuestra protagonista decidió eliminar separaciones en su mueble para acoger al nuevo gran cajón dentro del que todo cabía y todo era posible... Al hacerlo, comprobó con sentimientos de paz, alegría y liberación que el contenido de los muchos cajoncitos que ahora sobraban al instalar el nuevo, podía y debía reducirse, rescatando lo que realmente merecía la pena mantener y haciéndolo fluidamente compatible con los nuevos hallazgos contenidos en el gran cajón recién estrenado, en el que todo era armónica y felizmente acogido.
Amorosa como era, no dudo en bautizar el inmenso nuevo cajón con el nombre de AMOR.
Al recolocar todo en AMOR, adquirió nuevos puntos de vista y de percepción que le permitieron ajustar los contenidos del resto de los cajoncitos independientes conservados; lo que, junto a los que se habían reordenado y depurado en el interior del nuevo, optimizó el equilibrio del presente, transformando la antigua ansiedad en paz y felicidad ilimitadas.
Y, de esta forma, se encontró serenamente consigo misma y, tomando conciencia, comprendió que cuando uno no controla libremente sus circunstancias, son ellas las que le controlan a uno mismo, privándonos de la deseable libertad. De manera muy especial, aquellas derivadas de los propios actos y juicios, de los que siempre somos responsables y que generan los "flecos" que es preciso afrontar, rematar y suprimir para ser plenamente feliz... sin miedos, con respeto, desapego y desde el permanente presente actualizado en el gran cajón del AMOR.
FRM [20/04/2016]
"Cajones caníbales", Salvador Dalí
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Somos como barcos surcando los mares de la vida. Resistiendo los envites de duros oleajes, padeciendo lo inane de la calma chicha o navegando en bonanza con buen viento a favor.
Atrás van quedando singladuras, repletas de alegrías y sinsabores. Relaciones y evoluciones. Sorpresas y decepciones. Aciertos y errores... Con frecuencia, creemos que flotamos sobre las mismas aguas, pero es un espejismo, porque ellas siempre cambian aunque parezcan iguales, como nosotros mismos.
En el pasado recalamos en diversos puertos, donde siempre aprendimos algo nuevo de su cultura y sus gentes. Eso forma parte del bagaje de riqueza acumulado entre el sabor a salitre que impregna los labios.
Hasta que, finalmente, arribamos a puerto acogedor y seguro. Esa Ítaca que siempre ha sido el objetivo. Y allí echamos el ancla, descansamos y disfrutamos de cuanto hemos almacenado en la bodega, cúmulo de vivencias, aprendiendo a seleccionar gracias a lo aprendido durante la larga travesía. Sintiendo, reconociendo íntima y felizmente que, al fin, estamos en casa...
Ahora, cuando ya es mañana en eterno presente, no puedo encontrar mejor metáfora visual que la fotografía que inserto, con el deseo de que siempre podamos disfrutar de un punto de amarre, para reposar y repostar, cuando la dura navegación exija el descanso, después de haber atravesado tormentas y librado el azote de muchas tempestades que pronto serán sólo un recuerdo más.
"¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Terminó nuestro espantoso viaje. El navío ha salvado todos los escollos, hemos ganado el premio codiciado. Ya llegamos a puerto." (Walt Whitman)
Todo error de comunicación implica un grado de riesgo, especialmente cuando no coinciden los criterios de interpretación entre el emisor y el receptor del mensaje.
Las cosas se complican en las ocasiones en que el propio mensaje es susceptible de ser entendido de diferentes formas, dependiendo de muchas variables incontroladas y, con frecuencia, incontrolables. Y, por supuesto, no hay que olvidar la influencia del medio (recordemos a McLuhan).
Tal es el caso paradigmático del uso frecuente de la expresión: "Te quiero".
Porque existen tantos grados, valores y matices en el uso del verbo querer, como personas, animales u objetos son queridos, así como según los contextos, momentos, hábitos y motivaciones en y por los que se conjuga. Y, por si fuera poco, unas veces se usa cargado de sentimientos de cariño y otras connotando una acepción de deseo de posesión. Lo que con frecuencia camina unido... por desgracia.
Foto propia. Monumento al "Ángel caído" en el Parque del Retiro de Madrid
La denostada acción de vengarse queda legitimada cuando es ejercida como atributo divino o desde un poder terrenal, ateo o confesional, que se arroga tal potestad desde su particular legalidad coyuntural.
Para el común de los mortales es pecado, delito o ambas cosas. Y, casi nunca, satisfactoria; deja un sabor acre en la boca y un gran vacío en el estómago.