El Rincón del Nómada

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La libre soledad del ermitaño es el terreno más fértil para que germine y florezca la creatividad. (Foto propia, julio 2014. Isleta del Moro, Almería)

sábado, 19 de septiembre de 2015

El club de las amantes impacientes

Portada del libro reseñado. Editorial Arcopress SL, 2015

"El sexo sin amor es una experiencia vacía.
Pero como experiencia vacía es una de las mejores".

Woody Allen


Con esta frase de Woody Allen se abre la novela de Diego Armario López que he disfrutado recientemente...

Estoy en deuda con mi amigo Diego Armario López. Doblemente, porque hace tiempo que empecé a escribir estas líneas que le prometí y por el buen rato que he pasado, y tengo que agradecerle, con la lectura de su última novela "El club de las amantes impacientes", a la que me acerqué con la curiosidad de quien sólo conocía y admiraba al autor en su faceta de periodista.

En esta obra, Diego Armario nos pone en contacto con Adolfo, el protagonista de la novela, y debo decir que puede ser un descubrimiento apasionante, siempre que el lector esté decidido a bucear en el viscoso líquido, mezcla de fluidos orgánicos y alcohol, en el que la frustrada personalidad de Adolfo está sumergida.

Diego Armario López
Porque "El club de las amantes impacientes" es, en mi opinión, mucho más que una novela erótica o de sexo, aunque de ambas cosas tiene mucho y explícitamente descrito, con un lenguaje impúdico y de soez intimidad, descarnado y húmedo, para mejor describir las humedades carnales. La historia, narrada en clave de autobiografía ficcionada y friccionada, contiene un rosario de personajes interesantísimos, desde el propio escritor que la protagoniza, hasta Emma, la estresante y cerebral editora proxeneta de autores que acepta prostituirse, pagando con sexo la obtención de otro sexo.

Adolfo es un escritor aceptablemente bueno que atraviesa uno de los peores momentos de su vida. En plena crisis sentimental de desamor y autodesprecio, se ve impelido a aceptar, con repugnancia y acuciado por su necesidad económica, la exigencia del encargo de escribir una novela basada en su intensa y extensa vida sexual con multitud de amantes de toda índole, y con la condición ineludible de que se reencuentre con ellas y narre la experiencia previa y la del nuevo encuentro.

No sé lo que sentirán otros lectores. Puede que muchos y muchas se queden en la superficie del pasatiempo excitante de la sexualidad desenfrenada que contiene. Y no es poco. Pero, para mí ha sido un recorrido por los pliegues de mi existencia, en el que he conocido y reconocido a muchos de los personajes en lo que tienen de esencia fundamental, más allá de las ficciones de sus anécdotas literarias exigidas por el guión que Diego Armario teje y desarrolla brillantemente.

El propio Adolfo contiene mucho de lo que todos, o algunos, hemos sentido alguna vez; aunque, desde luego, tiene o ha tenido mucho más de lo que algunos hemos tenido, pero bastante o demasiado de lo que nos han hecho ser o sentir.

Viajando entre las páginas del libro he reconocido a Patxi, guitarrista no vasco de la banda que actúa en un bar de copas con su grupo de músicos y que, como Diego describe: "Tenían todo el aspecto de haber recorrido miles de kilómetros de garito en garito, bebiendo, fumando y follando de mala manera todo lo que habían encontrado en el camino. Eran la viva imagen de unos viejos que aún se creían adolescentes porque seguían viviendo sin más compromiso que el de llegar al día siguiente, y volver a empezar." (pág. 12).

En el mismo local me he reencontrado con Eva, paradigma de la puta que ejerce el viejo oficio por necesidad económica para alimentar a su hijo, careciendo del alma de puta que poseen muchas que sólo cobran en ajenas emociones frustradas para alimentar a su ego.

He sonreído con ternura al evocar la amistad sincera y llena de afecto que ofrece Lourdes, agente literaria de Adolfo, que se nos presenta como lesbiana para acentuar más la axesualidad de sus auténticos sentimientos hacia el protagonista, al que desea ayudar por encima de intereses económicos y profesionales.

Impagable el reconocible personaje de Miguelón, ex fotógrafo y propietario del bar de Lavapiés, "en el que se intercambiaba de todo lo que oliese a libertad de pensamiento y creación [...] tenía pelo largo y blanco, mirada cansada, voz grave, hablar dudoso y esperanza limitada; venía de batallas perdidas y amores desengañados, pero se había agarrado a una tabla de salvación al hacer de aquel espacio un lugar en que se se escuchaban palabras sin nombre, sonaban blues y música country, y se proyectaban las fotos que, a lo largo de su vida, había tirado con una Nikon..." (pág. 92).

Miguelón, con sabiduría existencial, le suelta a Adolfo, mientras éste se baña en copas, una sentencia que hay que leer despacio: "-Aunque huyas, siempre serás lo que eres: un jodido escritor, o un poeta, o un músico, porque a tu edad no puedes inventarte una nueva vida." (pág. 101).

No es menos interesante el personaje del psiquiatra Pablo Pastoriza; el honesto doctor que acaba siendo ayudado por el paciente al que tiene que ayudar, porque realmente ambos lo necesitan. Y que Adolfo necesita mucha ayuda, lo demuestra la frustración contenida en su frase autodestructiva: "La vida [...] es una puta mierda, porque sólo merece la pena luchar por lo que nunca se consigue." (pág. 105).

El abanico de mujeres que componen el club de Adolfo sólo tienen en común las relaciones sexuales con el protagonista que, en ese aspecto, resulta un envidiable ejemplar de semental inagotable e insaciable. Por lo demás, poseen también una gran riqueza de matices y peculiaridades que las hace protagonistas de interesantes y muy distintas experiencias vitales, algunas con tintes de dramatismo sorprendentes que no voy a desvelar aquí. Sí subrayaré algo que hace mucho descubrí y la novela confirma, los hombres no "ligamos" nunca, son ellas las que siempre deciden a quién, cómo y cuándo cazar, así como cuándo abandonar la presa tomada.

De todas, me han dejado un recuerdo especialmente grato dos de ellas, con las que precisamente no llega a acostarse el protagonista. Ruth que le dice a Adolfo lo mejor que puede escuchar cuando se reencuentran: "-Tú sí que eres especial! [...] Eres buena gente en un mundo en el que hay demasiados bichos." (pág. 230). Y Soledad, la mujer cuyo nombre no me parece casual, y a la que hace descubrir aspectos ignorados de sí misma al sentir un enorme placer sexual sólo con la descripción de supuestos sueños imaginarios tenidos por ella y escritos por él.

Para rematar el perfil del personaje de escritor maldito de Adolfo, me quedo con dos citas que le definen al margen de la mala opinión que él tiene sobre sí mismo. Una es de Emma, la voraz editora. Y la otra es del psiquiatra citado.

Emma le dice: "-No me extraña que le hayas gustado a tantas mujeres. Eres un cabronazo maravilloso y singular, pero lo que más me atrae de ti es que tengas sentimientos y, a veces, parezcas frágil porque chulos indecentes, hay muchos en el mercado pero gente que seduzca, ame y sufra, y además merezca la pena, no hay tantos." (pág. 113).

En otro momento, Pablo le tiende una mano liberadora: "-Tú tienes una historia que merece ser contada y además te acompaña la suerte de poder hacerlo porque sabes escribir y trasladar sentimientos al papel. No eres tan mala persona como te han hecho creer. Has hecho felices a muchas mujeres y eso es un motivo para que te sientas bien." (pág. 241).

Finalmente, creo llegado el momento de dar por terminada esta reseña, citando unas palabras muy apropiadas del propio libro: "Irse a tiempo o saber decir adiós en el momento preciso es la garantía indispensable para evitar que se pudran los sentimientos y conviertan el amor en odio o rencor." (pag. 275)

Gracias, Diego Armario. Espero que disculpes que haya escrito mi opinión sin mencionar pollas, coños, culos, clítoris ni exaltaciones erotico-festivas varias, que bien están donde tú las has colocado en tu amena novela.

FRM [19/09/2015]

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