El Rincón del Nómada

El Rincón del Nómada
La libre soledad del ermitaño es el terreno más fértil para que germine y florezca la creatividad. (Foto propia, julio 2014. Isleta del Moro, Almería)

miércoles, 20 de abril de 2016

La niña de los cajoncitos

Érase una vez, una dulce y bella niña que tenía el mismo encanto que los preciosos muebles llenos de múltiples cajoncitos que parecen tener capacidad ilimitada para contener cuanto se desea de forma ordenada.

La niña era muy feliz con sus cajoncitos. A lo largo de cada día, los meses y los años, iba colocando en los correspondientes huecos, con letra de cierto orden y música de concierto ordenado, todas y cada una de las fichitas con el detalle de sus obligaciones y devociones que debía o quería ir atendiendo adecuadamente y criterio bien entendido.

Es cierto que, en ocasiones, se le embrollaban un poco las fichas, alterando su orden o requiriendo más dedicación de la prevista inicialmente; debido a ello, su grosor aumentaba restando capacidad de atención o demoras de lo mismo a las otras. Eso agobiaba mucho a la propietaria de los cajoncitos que, al irse llenando, hacían cada más difícil y agotadora la pretensión inicial de gestionar todo con el orden y satisfacción que la apariencia sugería...

La niña, fue creciendo y creciendo, a la vez que crecían y crecían el número de fichas de sus tareas y contenidos de sus cajones... Casi sin darse cuenta, se convirtió en una espléndida mujer, pero ¡oh! el mueble de los cajones, seguía teniendo la misma cantidad de ellos y muy pronto comenzaron a abarrotarse con agobiantes fichas pendientes que se superponían, porque en ellos sólo entraban más y nuevas responsabilidades, ocupaciones y deseos, pero ninguno o casi ninguno dejaba de ocupar el espacio en el que llevaban tiempo instalados... más o menos atendidos, mejor o peor, pero cada vez con mayor esfuerzo y frustración si el tiempo no daba para todo... Y no daba. 

Porque, para su desesperación, no existía más que un pequeño cajón del tiempo, conteniendo únicamente veinticuatro improrrogables horas por día y, al agotarlas en su mayoría, apenas quedaba espacio para el imprescindible descanso que reclamaba su ineludible atención y entrega, desde la acogedora penumbra del correspondiente cajoncito, tentadoramente acolchado.

Así, lenta pero inexorablemente, la lozana y hermosa mujer en que se había convertido la niña, comenzó a marchitarse, desbordada por el abarrotado contenido de sus cajones y el agotamiento demoledor que le producía lo inalcanzable de su pretensión de "llegar a todo", bajo la presión de interminables y aplastantes jornadas.

Entre lo que debía y lo que le apetecía, se sumaban dedicaciones que iban consumiéndola por el esfuerzo. Tan titánica era la agotadora suma de lo que se esforzaba por hacer, la ansiedad por lo que no alcanzaba a realizar y el cansancio que ambas cosas le producían.

Y lo peor es que, a pesar de ser consciente de ello, no llegaba a tomar la necesaria conciencia de que sólo su propia decisión y firme voluntad en la ejecución de las decisiones, podían poner remedio a la agobiante situación que había tomado el control de su vida y seguía creciendo, como un monstruoso caníbal devorador al que seguía alimentando, cada vez más debilitada, haciéndolo más grande y fuerte... con menos posibilidades de vencerlo y llegar a controlarlo. Porque lo paradójico es que se engañaba creyendo que sí lo hacía.

Con frecuencia, nuestra amiga se llevaba algún disgusto al comprobar que antiguas fichas se habían deteriorado con el transcurrir de los años, tornándose de color envejecido, lectura borrosa, olor rancio, sabor caduco a decepción y acusada deformación hasta ocupar un espacio distinto y desmesurado o molesto en el cajón en el que se conservaban... Su contenido parecía haber cambiado o ¿era ella la que estaba cambiando?

Fuese como fuese y por lo que quiera que fuese, la realidad del presente modificaba la percepción del pasado y eso aumentaba el volumen de cuanto ocupaba un espacio cada vez mayor en sus abarrotados cajones.

Y entonces sucedió algo mágico y extraordinario que hizo tambalearse todos sus patrones de conducta, abriendo una nueva y luminosa esperanza.

De forma totalmente imprevista, o tal vez no, surgió un milagroso acontecimiento... Algo inesperado que, con rapidez inusitada, comenzó a aumentar su volumen en la vida de la protagonista de esta historia, amenazando con desbordar y comprimir, aún más, el resto de los contenidos almacenados en sus ya repletos cajones convertidos paulatinamente en peligrosos antropófagos existenciales.

La primera reacción de nuestra heroína fue de intensa alarma y desconcierto ante lo inevitable que, sin embargo, le generaba una gran incertidumbre fruto del conflicto entre la placentera atracción y el temor al riesgo de empeorar la saturación del sobrepeso vital acumulado.

Parecía que la vida conspiraba para complicarle la existencia una vez más... Precisamente en una etapa en que ya estaba pensando, con justificada inquietud no exenta de desasosiego, en que debía "recortar flecos" y liberarse de muchas de las obligaciones y dependencias derivadas de sus relaciones y compromisos del pasado, complicadas por un elevado sentido de la responsabilidad hacia los demás.

Pero el milagro no había hecho más que empezar a manifestarse, porque pronto, de manera insólitamente rápida, tomó la forma del mayor de sus cajones, con capacidad ilimitada para albergar y reordenar todo el material previamente acumulado.

Así, superada la sorpresa e inquietud inicial y aceptando el regalo que la vida le aportaba, nuestra protagonista decidió eliminar separaciones en su mueble para acoger al nuevo gran cajón dentro del que todo cabía y todo era posible... Al hacerlo, comprobó con sentimientos de paz, alegría y liberación que el contenido de los muchos cajoncitos que ahora sobraban al instalar el nuevo, podía y debía reducirse, rescatando lo que realmente merecía la pena mantener y haciéndolo fluidamente compatible con los nuevos hallazgos contenidos en el gran cajón recién estrenado, en el que todo era armónica y felizmente acogido.

Amorosa como era, no dudo en bautizar el inmenso nuevo cajón con el nombre de AMOR.

Al recolocar todo en AMOR, adquirió nuevos puntos de vista y de percepción que le permitieron ajustar los contenidos del resto de los cajoncitos independientes conservados; lo que, junto a los que se habían reordenado y depurado en el interior del nuevo, optimizó el equilibrio del presente, transformando la antigua ansiedad en paz y felicidad ilimitadas.

Y, de esta forma, se encontró serenamente consigo misma y, tomando conciencia, comprendió que cuando uno no controla libremente sus circunstancias, son ellas las que le controlan a uno mismo, privándonos de la deseable libertad. De manera muy especial, aquellas derivadas de los propios actos y juicios, de los que siempre somos responsables y que generan los "flecos" que es preciso afrontar, rematar y suprimir para ser plenamente feliz... sin miedos, con respeto, desapego y desde el permanente presente actualizado en el gran cajón del AMOR.

FRM [20/04/2016]


"Cajones caníbales", Salvador Dalí

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