El Rincón del Nómada

El Rincón del Nómada
La libre soledad del ermitaño es el terreno más fértil para que germine y florezca la creatividad. (Foto propia, julio 2014. Isleta del Moro, Almería)

miércoles, 22 de febrero de 2017

Todo un cuadro

Retrato de Johannes Wtenbogaert,  Rembrandt

Resulta una experiencia muy curiosa tropezarse con un cuadro de Rembrandt hecho carne... La imaginación se dispara creyendo estar ante un personaje perpetuado a través de los siglos, después de ser el modelo perfecto de un cuadro que, como en el caso de Dorian Gray, podría haber ido envejeciendo por él con el paso del tiempo.

Pues bien, lo he visto. Una de mis amigas, sorprendida, me ha mostrado un par de fotos del nuevo novio —valga el pleonasmo— de otra de sus propias amigas. Realmente curiosísimo... Edad difuminada por indefinida, cabello escaso y ralo, de barbado rostro rubicundo y pánfila sonrisa anestesiada, bajo la glauca mirada de un pez resucitado que se eleva sobre la abultada curva de un vientre prominente... En verdad, podría haber sido el perfecto retrato de un borrachín del siglo XVII realizado por el gran maestro de los Países Bajos.

Y es que eso de los "parecidos razonables" con diferentes personajes de la historia del arte, no es nada infrecuente y se detectan con frecuencia si se tiene memoria visual. De hecho, esta anécdota me ha traído a la memoria el gran parecido del que fuese ministro socialista y alcalde de Zaragoza Juan Alberto Belloch, con el decapitado gigante filisteo del conocido y siniestro cuadro "David y Goliat" de Caravaggio.

Según mi amiga, son muchos los que no ven ni comprenden el encanto de una obra así, habiendo otras más sugerentes... Aunque lo cierto es que, el escaso atractivo del personaje, puede verse holgadamente compensado por el interesante valor económico del cuadro en vivo... Se pinte como se pinte y por un cierto tipo de amor al arte.

FRM [19/02/2017]

martes, 21 de febrero de 2017

Otra casualidad

El jarroncito de mi madre reaparecido

Quienes me conocen desde hace tiempo, saben que no creo en las casualidades. Entiendo que ese término responde a la necesidad del ser humano para definir conceptualmente todos los efectos sorprendentes cuyos orígenes causales ignora o escapan a su comprensión. Es una forma de inmediata sedación, de tranquilizadora analgesia racionalista, frente a la angustia ancestral ante lo desconocido e inexplicable.

Curiosamente, a mí siempre me han llamado poderosamente la atención ese tipo de coincidencias inesperadas, de las que está plagada la Historia y, por supuesto, son frecuentes en la vida cotidiana. Al menos en la mía, o puede que yo sea más consciente de ello por haber desarrollado una especie de alerta permanente.

Muchas han sido y serán las posibles explicaciones que se han pretendido dar, desde el punto de vista de las conocidas como "paraciencias" —tan denostadas por los criterios más racionalistas—. Sin embargo, tampoco han pasado por alto estos fenómenos algunos reputados científicos como Carl Gustav Jug o Wolfgang Ernst Pauli que, desde psicología, el uno y a través de la física, el otro, acuñaron y manejaron el concepto de las "sincronicidades" para algunos de los fenómenos que nos ocupan.

Sea como sea y por lo que quiera que sea, el hecho innegable es que todos nos hemos encontrado más de una vez frente a acontecimientos o sucesos que se presentan de forma incontrovertible e inexplicable, efectos con una hipotética causa original que se escapa a nuestra información y conocimientos y cuya existencia responde a una ínfima y muy remota probabilidad estadística, en términos de la lógica matemática.

Y lo expuesto obedece a que hace muy poco he vivido la más reciente y una de las más emocionantes de esas "casualidades".

Por muchas razones que nos apartarían del tema principal, estoy sumido en la ardua tarea de reducir de forma drástica el volumen de enseres, objetos, recuerdos y documentos que he venido acumulando a lo largo de mi nómada existencia, en la que, salvo accidentes lamentables, casi nunca me he desprendido de nada, algo que ahora carece de sentido exceptuando argumentos de románticas nostalgias y dudosas utilidades potenciales insostenibles al día de hoy.

En tan ardua tarea, he recibido varias ayudas de otras manos menos apegadas y mentes más lúcidas que la mía, fruto de lo que mi hija mayor desempaquetó hace muy poco un pequeño jarrón, de poco más de 8 cm de altura, que yo creía perdido hace tiempo, pues era parte de un juego de porcelana de tres piezas del que sólo ésta ha sobrevivido durante más de un siglo. Me hizo una enorme ilusión, pues se trata de un recuerdo de mi niñez con orígenes que proceden de mis abuelos, creo que paternos, y que mi madre tenía en gran estima. Lo limpié y guardé con gran cariño, mientras una sonrisa viajera me llevaba a mi hogar de infancia de cuya modesta decoración siempre formó parte.

Hasta aquí, no pasaría de ser una anécdota más de mi proceso de arqueología personal, excavando en los sarcófagos de cartón de las cajas de embalaje que aún quedan por abrir.

Sin embargo, lo curioso es que mientras mi hija se dedicaba a desembalar objetos, yo me he estado concentrando en revisar y hacer limpieza de papeles de todo tipo en la zona híbrida del taller/estudio/despacho. Como consecuencia de ello, me tropecé poco después con algunas carpetas y sobres conteniendo dibujos de diferentes épocas de mi infancia que mi madre había recopilado y atesorado mientras vivió. Como es lógico, faltan muchos de los que hice en aquellos años, pero los que se conservan y ahora disfruto son un verdadero filón de recuerdos entrañables.

Dibujo citado
Entre los dibujos encontrados hay tres fechados en 1960 y uno de ellos en el 14 de mayo de ese año, lo que me hace sospechar que fue un regalo retrasado para mi madre, cuyo cumpleaños era tres días antes, y en un tiempo en el que me faltaban algo más de dos meses para cumplir mis 13 años.

Lo curioso, lo inexplicable, lo "casual", es que ese pequeño dibujo, torpemente coloreado con gouache, es... ¡una copia del jarroncito previamente hallado por mi hija, dos o tres días antes!

Dos supervivencias insólitas en mis circunstancias y que reaparecen en mi presente casi simultáneamente, después de más de veinte años de estar embalados, olvidados, y haber sobrevivido a toda suerte de circunstancias y traslados...

¿Casualidad?

FRM [21/02/2017]

Nota final: Exactamente en el momento en que estoy terminando de escribir y editar esta entrada, recibo la confirmación de que acabo de recuperar otros simbólicamente valiosos recuerdos de mis padres que hace meses que esperaba pacientemente... Otra feliz casualidad.

sábado, 18 de febrero de 2017

Los dioses en París

Relatos de Alfonso Blanco Martín

Se ha dicho reiteradamente que lo que diferencia al ser humano del resto de los animales es la capacidad de comunicarse por medio de un lenguaje articulado y, más tarde, reglado y estructurado, aunque maltratado con frecuencia.

Podrían añadirse algunas diferencias más —no siempre favorables a los bípedos pensantes—, pero eso me llevaría por derroteros que no deseo seguir en esta ocasión. Volviendo al lenguaje, parece evidente que la facultad para la expresión verbal, sea oral o escrita, es una capacidad de la racionalidad de la que se supone carentes a las bestias.

En consecuencia, disponemos de una herramienta de la razón que la mente humana maneja para tratar de expresarse en los procesos de pensamiento y comunicación con sus aparentes y supuestos semejantes.

Y, sentada esa premisa, me planteo la enorme dificultad de cómo usar una herramienta racional para satisfacer la necesidad o el deseo de transmitir sentimientos... Siendo éstos fruto de la emoción, tan ajena y, por lo general, tan distante de la razón.

La salida a ese callejón parece estar solo al alcance de los poetas, tanto cuando se expresan en prosa como cuando lo hacen en verso. Ellos tienen la clave que resuelve ese aparente oxímoron de plasmar con la razón sus emociones o de provocar las de sus lectores. Aunque puede que también sea un patrimonio de los dioses. De esos mismos dioses que pasean impasibles por las miserias y pasiones de los humanos al recorrer casas, calles, plazas y rincones de París.

Así, la mirada de los dioses se convierte en la más pura abstracción del lenguaje verbal, aunque el hábil narrador se sirva de esa herramienta con un depurado y personalísimo estilo. Mirada que resulta tan discursiva como la que se dedican recíprocamente dos enamorados, sin necesidad de articular ni una sola sílaba... Los labios quedan para otras cosas, también cargadas de palabras sin pronunciar.

Es algo similar a ese proceso de abstracción de la racionalidad verbal en lo emocional que tan fácilmente reconocemos y experimentamos en la música y la pintura...

Y eso, exactamente eso, es lo que he podido experimentar leyendo con especial deleite los relatos de "Los dioses en París"; un libro indefinible de Alfonso Blanco Martín que me ha sorprendido a pesar de que no me ha resultado inesperado, conociendo un poco al padre de la criatura y su especial sensibilidad, así como su inteligente  talento en el cuidadoso manejo de las letras.

Amor, desamor, humor, comedia, drama, tragedia, vida, muerte... todo lo que nos atañe y afecta está presente en este paseo parisino. Fluye suavemente, con la mayor naturalidad hasta en lo insólito, con curiosas concatenaciones que conectan a algunos personajes de ciertos relatos con los de otros, sorprendiendo pero no extrañando. Porque todo y nada extraña en este libro que acaba siendo nuestro propio paseo con esos dioses que abandonan el Olimpo para contemplarnos y hacer que nos contemplemos.

"Los dioses en París" es un libro diferente, cautivador y, para mí, difícilmente clasificable. Historia de historias repletas de interesantísimos personajes con nítidos y apasionantes perfiles que nos involucran en su trayectoria vital creada por la impresionante y sutil imaginación de Alfonso Blanco.

Un libro que dice mucho en silencio, con aromas y resonancias que. a veces, se me antojan evocadores de los grandes... Borges, Cortázar... Porque está repleto de emociones, las que contiene y las que hace sentir.

Un libro para ser leído y, sobre todo, sentido. Por eso no soy capaz de expresar esas emociones con la racionalidad de mis limitadas palabras. Porque me siento como dice el autor de uno de sus personajes (pág. 107): «...había recuperado una vieja y pura curiosidad [...] hacia el ansia de una sensación, de un conocimiento que no se transmite con la palabra, que exige la experiencia.»

Al fin y al cabo... no soy poeta. Alfonso Blanco Martín, sí. Él tiene el don de poner verbo a la emoción; deseo que disfrutes "Los dioses en París" tanto como yo.

FRM [17/02/2017]

miércoles, 15 de febrero de 2017

Innecesario desapego

Hay afortunados momentos en los que no es preciso apelar al manoseado concepto del "desapego" para alejarse liberado de algo o alguien que una vez se amó. Basta con que quede en evidencia que su inestable y mendaz realidad no merece confianza ni el menor respeto.

Porque se puede no odiar aquello que no se respeta, aunque inspire rechazo y repulsión. Pero es, de todo punto, imposible amarlo.

FRM [15/02/2017]

Foto propia. "Agua no potable", paseando por Madrid

martes, 14 de febrero de 2017

La disyuntiva de los amantes

Ya no desayuno con diamantes
por "La disyuntiva de los amantes".
Ya hace tiempo que no es como antes.

Ahora el café me sabe a verso
cuando me recuerda a Diana
al besarlo cada mañana.

Sabor con aroma de poesía
que me impregna todo el día
en rapto de fragante idolatría...

Cuando el demiurgo me simplifica
en una luz de aurora
y un fragmento de piel estremecida.

FRM [13/02/2017]

Foto propia. El grato recuerdo de una gran amistad

lunes, 13 de febrero de 2017

Linaje oscuro

"Linaje oscuro" de Isabel Martínez Barquero

Con los libros me ocurre lo mismo que con las comidas. Al fin y al cabo, alimento son, con la ventaja de que el resultado de la ingesta no se deposita en antiestéticos michelines abdominales, aunque hay algunos que demandan lenta masticación y reposada digestión y otros pueden llegar a empacharme.

De tal forma se da esa similitud que, sin dar títulos concretos, seguro que todos encontraremos en la memoria algún libro-fabada, otros ligeros como sabrosas y sazonadas ensaladas... e incluso los muy sesudos que son ideales para combatir el insomnio más pertinaz.

El abanico es muy amplio y hoy no tenemos el objetivo de hacer un catálogo de nutrición literaria. La pretensión perseguida es centrar la metáfora en aquellos libros que son como una atractiva y apetecible caja de bombones variados que nos tientan hasta el extremo de no poder limitarnos a degustar solo uno, cada vez que abrimos su tapa.

"Linaje oscuro" de Isabel Martínez Barquero es así. Un regalo para el paladar del lector que contiene un variado surtido de los bombones literarios que son los relatos breves con los que te encuentras al abrirlo. Unos exquisitos bombones que comparten el linaje oscuro del mejor chocolate estilístico que los hermana, al margen de sus muy diferentes y apetitosos rellenos que denotan el mayor y más delicado mimo puesto en su cuidada elaboración artesanal. Los hay dulces, menos dulces e, incluso, alguno con un armonioso regusto amargo que refuerza y potencia el del noble cacao original. Pero ninguno decepciona ni defrauda a las papilas... o pupilas más exigentes.

Cuando se saborean, no resulta fácil dejar para más tarde el seguir degustando esas delicias, después de acabar uno, dos... o tres, de una vez, con gula incontenible.

Sin duda alguna, "Linaje oscuro" es un libro maravilloso para "picar entre horas" que yo he lamentado terminar.

Gracias, Isabel Martínez Barquero, por tu prodigiosa imaginación y buen hacer en el obrador de la deliciosa repostería de las letras.

FRM [13/02/2017]

viernes, 10 de febrero de 2017

Quo Vadis?

Una de las experiencias más gratas de mi infancia y que nunca olvidaré es la vivida cuando mis padres me llevaban a ver películas de romanos o de indios, al ya desaparecido cine Alhambra de Madrid.

El local de aquel cine de barrio, impregnado del inconfundible y penetrante olor a ozonopino, se encontraba en los bajos de un edificio que actualmente se ha convertido en colmena de apartamentos. Pero en mi niñez era un paraíso de aventuras e imaginación desbocada; enclavado en la calle Divino Pastor, paralela a la de Manuela Malasaña y simétricamente equidistante de mi domicilio paterno en la perpendicular calle Monteleón.

De aquel mágico lugar guardo dos recuerdos inolvidables: Por supuesto, las películas que más me impresionaron, como "Flecha rota", "Tambores lejanos", "El secreto de los Incas", "Sansón y Dalila", "20.000 leguas de viaje submarino", "El monstruo de tiempos remotos"... y, más tarde, "El cebo", "El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde"... y tantas otras, entre las que destaca vívidamente "Quo Vadis?". Pero tales recuerdos imperecederos, se hermanan con el de una costumbre habitual que adquirí cuando no tenía más de 7 u 8 años, consistente en hacer una reinterpretación dibujada, al llegar de vuelta a casa, de las escenas o secuencias que más me habían gustado y retenía en la memoria con absoluta fidelidad.

Con el paso del tiempo, la mayoría de aquellas "crónicas ilustradas" se han perdido, por lo que al día de hoy, solo tengo constancia de conservar una de ellas, perteneciente a "Quo Vadis?". Ésta plasma con torpe trazo infantil el dramático momento en que el forzudo Ursus, el fiel esclavo liberto de la princesa Ligia se apresta a recibir al toro que puede matar a la dama cristiana atada a un poste en la arena del circo romano, antes de que llegue a salvarla el amado centurión cristianizado Marco Vinicio. En las gradas abarrotadas se hará el mayor silencio ante la desigual lucha, mientras en el palco imperial, Nerón disfruta del espectáculo, acompañado de su tortuosa esposa Popea y protegido por el fiel pretoriano Tigelino que le guarda la espalda, mientras el apóstol Simón Pedro, regresado a Roma, clama a los cielos en oración... Y empeño mi palabra en garantizar que no he consultado los nombres que se me quedaron, desde entonces, tan grabados en la memoria como la secuencia dibujada en aquellos tiempos.

No recuerdo nada o casi nada de lo que hice la semana pasada, pero hay cosas de mi niñez que nunca olvidaré.

FRM [10/02/2017]

Dibujo de mi niñez, mencionado en el texto, hecho alrededor de 1954 ó 1955.

sábado, 4 de febrero de 2017

Olas de recuerdos

Foto propia. Atardecer en Suances.

El oleaje de los recuerdos
fluye sereno o azota feroz
las costas del devenir,
produciendo espumas
delicadas como puntillas
o estridentes como desgarros,
mientras el horizonte me mira,
ajeno a la húmeda orilla,
hollada de los silencios
y destinos inciertos
que dibujan una nueva sonrisa.

FRM [04/02/2017]

jueves, 2 de febrero de 2017

El corazón del nacionalismo

Algunos tienen el corazón como una hucha... (Imagen de archivo)

Si las fronteras territoriales las fijan y han fijado la evolución de los intereses a lo largo de la Historia.

Si el mapa político se ha modificado, una y otra vez, a lo largo de los diversos avatares de la historia de la Humanidad.

Si el nombre de los territorios ha dependido de lo anterior y de la evolución de las lenguas vigentes o sus derivadas.

Si las sangres se han derramado y mezclado en ciegas guerras y disputas por odios o en emparejamientos sin prejuicios por amor.

Si nacer en un lugar u otro es una cuestión de azar sin un destino no elegido.

Si no existen diferencias entre unos y otros seres humanos bajo la piel.

Si el mestizaje ha mezclado a unos y otros por generaciones a lo largo y ancho del tiempo.

Si los idiomas y sus expresiones literarias han evolucionado durante siglos, enriqueciendo el patrimonio cultural de todos, para sumar y no para restar.

Si todo lo expuesto son hechos incuestionables...

Lamento no poder entender lo que significa ningún "nacionalismo" que se pretende como algo que es sentido en el corazón.

Probablemente la respuesta esté en lo que explica el notable filósofo Emilio Lledó:

"No entiendo el nacionalismo más que como un asunto de dineros de unos cuantos interesados que están jugando con la emocionalidad de la gente justificando diferencias que no existen."

FRM [01/02/2017]